Las cosechas de soja y de maíz, estimadas en 47 y 22 millones de toneladas, respectivamente, tienen problemas para concluir con la escasez de gasoil.
El trigo futuro alcanzó esta semana los mejores precios desde la salida de la convertibilidad, pero persiste la incertidumbre sobre cómo habrá de cobrar el productor cuando decida vender el cereal en la próxima campaña.
El secretario de Agricultura, Javier de Urquiza, se comprometió a que los productores perciban el precio lleno, eliminando las distorsiones provocadas por la intervención del Estado en la campaña pasada que derivaron en una sustancial transferencia de ingresos hacia los exportadores. No hubo acuerdo esta semana en la mesa que reunió a molineros y productores para definir un mecanismo de compensación más eficiente que el que rige en la actualidad. Apenas se logró el consenso acuerdo para definir un nuevo esquema para la campaña 2007/08.
Un ejemplo similar se podría citar con los biocombustibles. Esta semana, durante la presentación del Foro Global sobre Bioenergía, que se hará en Rosario el mes próximo, se destacó la gran posibilidad que tiene el país por su capacidad productiva y por la eficiencia de la cadena de la industria procesadora de aceites.
Sin embargo, muchos de los protagonistas que impulsan esa iniciativa advertían fuera de micrófono que el país no recibe más inversiones para la construcción de nuevas plantas por las dudas que tienen en el exterior sobre la costumbre argentina de no respetar el marco jurídico vigente. No por casualidad una de las mayores críticas a la actual ley de biocombustibles es la eliminación del artículo que proponía la estabilidad fiscal para la actividad por 15 años.
El campo ha sabido sobreponerse a las dificultades, pero no es un sector aislado de lo que sucede en el resto de la economía y menos aún de la evolución de la sociedad. Por su naturaleza creativa mejora año a año la productividad, pero seguirá creciendo a los tumbos si los otros eslabones de la cadena (infraestructura, fundamentalmente) se mantienen débiles.
Fuente: La Nación