CONSUMO.
En Entre Ríos hay un promedio anual de consumo de alrededor de 4.000 millones de pesos, de los cuales, unos 2.000 millones de pesos erogan por productos que se compramos fuera de la provincia. Históricamente, Entre Ríos se ha caracterizado por la falta de una política alimentaria por y para los entrerrianos.
Siendo un territorio de carácter agropecuario, arrastra un déficit de autoabastecimiento alimentario superior al 50%. Esto significa que la mitad de los alimentos que consume esta población viene de otras provincias o de otros países.
Como consecuencia, emigran de la provincia alrededor de 2.000 millones de pesos anuales y se mantiene una dependencia cultural y estratégica con otras jurisdicciones nacionales. Este esquema provoca que se paguen más caros los alimentos consumidos, debido a que no se producen en estas tierras. Es más: en Entre Ríos se genera 10 veces más materia prima de la que necesita para abastecer a su población, sin embargo, no se le da valor agregado y por eso escasean alimentos que, obligadamente, hay que adquirir en otros lugares.
El agrónomo especializado en alimentos y en cocina regional entrerriana, Ángel Sánchez, ahondó en esta problemática que pone a Entre Ríos en clara desventaja con otras provincias que sí han logrado desarrollar la manufacturas de sus materias primas; instancia que las deja mejor posicionadas a la hora de negociar y poner condiciones.
El especialista se basó en aspectos que quedaron reflejados en un documento que elaboró entre 2001 y 2005, con el propósito de hacer una radiografía del consumo de materias primas de los entrerrianos.
DEBILIDADES. La alimentación de cualquier grupo humano pone en juego todas las instituciones sociales, porque implica producción, distribución y consumo de bienes y símbolos que legitiman qué y por qué puede comer cada quien.
En la Argentina la alimentación está en crisis, no porque haya problemas en un área, sino porque se presentan simultáneamente en todas ellas.
En consecuencia, este conflicto exige ser abordado desde el concepto de “seguridad alimentaria”; y en esto el Estado tiene un papel clave, debido a que debe trazar una política sustentable a lo largo del tiempo.
“Materia prima es lo que nos sobra, lo que no logramos es transformarla para el consumo”, ratificó Sánchez.
En este sentido, graficó lo que considera una clara muestra de la debilidad del programa alimentario entrerriano, haciendo hincapié en el panorama que ofrece el cordón frutícola y hortícola, un eslabón de mucho prestigio en la alimentación pero que aquí se produce en cantidades muy pequeñas.
“Si se compara la generación de frutas y verduras con lo que se produce en leche, carne y granos (soja, lino, trigo, maíz, girasol, sorgo), la huerta representa apenas un 15% de lo que consumimos”, explicó.
Llevado a la práctica, esto demuestra que aquello que se puede comer en forma directa y que tiene un bajo nivel de transformación sólo representa un 15% de la producción local, lo que obliga a buscar frutas y verduras en otras provincias.
Esto se traduce también a la transformación de los lácteos, “donde los postres lácteos, yogures y quesos de calidad que se hacen en la provincia implican un porcentaje muy bajo; sin embargo es muy probable que estén hechos con leche que salió de acá y después volvió”, agregó.
CONSUMIDOR. Todo entrerriano debería poder acceder a los alimentos de su preferencia y cultura, pudiendo optar dentro del propio producido provincial. Y deberían poder comer lo que necesitan para un desarrollo fisiológico normal.
En esta economía, sin programa de autoabastecimiento y sin intervención del Estado, el consumidor entrerriano se vería reducido a ser un cliente de segunda.
Por acción u omisión, los productos de primera calidad son denominados de exportación y son transportados lejos de este territorio. Mientras que los productos que la tendencia de consumo en la provincia es que sea de calidad inferior.
“Este debe ser al revés”, reflexionó Sánchez. “Los entrerrianos deben consumir lo mejor y exportar los excedentes, y debe hacerse sabiendo que puede afectar intereses particulares de los exportadores que consiguen mejor precio afuera que adentro”, añadió.
En esta línea insistió en que el autoabastecimiento provincial debe declarar al ciudadano entrerriano “consumidor de primera”, junto a los turistas. La traducción de esto es que los mejores productos de esta provincia deben ser para su pueblo y sus visitantes.
“En materia alimentaria, para un pueblo libre y soberano, primero está su gente; y si el consumidor entrerriano no logra pagar el precio que se paga en otras latitudes, debe ser considerado un problema de Estado”.
Un programa de autoabastecimiento también debería respetar la pluralidad de los consumidores. Por más de bajos ingresos que sea una franja de la población, siguen teniendo el derecho a elegir con qué alimentarse y si es posible a decidir a quién se lo compra. Esto hace necesario que cada comunidad de la provincia participe en las decisiones de qué producciones son viables para su zona y hasta qué punto necesita su industrialización.
VALOR. Para que la provincia se desarrolle en manufacturas sería necesario agregar la mayor cantidad de valor posible, dentro del territorio, con empresas locales.
Dependiendo del tipo de materia prima, todas las cadenas agregan valores en una brecha que va desde 50% hasta el 400%, entre el precio al productor primario y costo al consumidor final.
Con la evolución del sistema de consumo, Entre Ríos ha quedado en desventaja. Actualmente, el productor de materias primas no logra vivir de lo que origina, y esto se debe, en gran medida, a la falta de evolución del sistema productivo, pasando a la industrialización y procesamiento de los alimentos, que es lo que genera más valor agregado, más empleo y más impuestos.
A pesar de que existen algunos productos que se pueden consumir en su estado original pescados, verduras, frutas, huevos, miel, los alimentos aumentan su valor en la cadena comercial: limpieza, clasificación, fraccionamiento, distribución mayorista y minorista. El agregado de valor es normal, pero sucede a menudo que hay cadenas distorsionadas. En esta etapa en la que el Estado debría asegurar que las cadenas positivas sean protegidas y corrija o castigue las distorsiones.
La otra parte esencial del agregado de valor a las cadenas es la industrialización y acondicionamiento de las materias primas para convertirlo en alimentos terminados. “En esta provincia la industria alimentaria no ha sido proyectada en función del consumo interno; la que ha prosperado lo ha hecho gracias a la habilidad de sus dueños, lo cual no siempre sirve a los intereses de todos”, observó Sánchez.
Déficit y excedentes de los entrerrianos
En base al consumo de los entrerrianos, las materias primas faltantes en el territorio son las siguientes: azúcar, yerba, té, café, cacao; uvas viníferas; maní; olivos, aceite y aceitunas; todas las frutas excepto cítricos, melón y sandía; varias aromáticas; verduras en cantidad y variedad; carnes alternativas: cerdo, ovino, caprino, pavo y otras menores. Algunas de ellas nunca podrán ser producidas en la provincia, pero otras sí. Estos déficit, comparados con los excedentes, son relativamente pequeños, sin embargo es estratégico tratar de producir todas las que sea posible para el mercado interno.
En cambio, en Entre Ríos hay excedentes de: leche (hay sobrantes diarios en bruto y falta industria); miel: se consume el 3% del producido y se exporta en tachos; huevos grandes; pescados de río: se exporta demasiado y falta para el mercado interno; pollo: grandes excedentes y falta industria de alimentos terminados; carne vacuna: grandes abundancias; cereales: maíz, trigo, arroz, sorgo; oleaginosas: girasol, soja, lino; frutas: cítricos, sandias y melones.
En tanto los alimentos industrializados que faltan son quesos en cantidad y calidad de barra, holanda y cremoso, más otros que no se producen; lácteos elaborados leche fluida, yogurt, flanes, golosinas, dulce; conservas de verduras latas al vacío, semiconservas, encurtidos; conservas de frutas dulcería, pulpas, concentrados; conservas de carnes enlatados, semiconservas, platos terminados; fiambres emulsiones, cocidos y crudos; comidas preparadas; recetas tradicionales, populares y nuevas; jugos naturales y otras bebidas; galletitas; golosinas y panificaciones especiales.
El dato
4 a 1 es la relación de las unidades de empleos que se pueden generar con la manufactura. Por ejemplo, con la producción de un litro de leche en forma de materia prima se tiene un puesto de trabajo en la provincia. En cambio, si se lo transforma en productos terminados de alto valor agregado (yogurt, queso, postre, leche en polvo, crema o manteca) se establece una relación de 4 a 1. Es decir, con el mismo litro de leche se generan cuatro puestos de trabajo.
Al margen
Valores. El consumo promedio de alimentos de un entrerriano es aproximadamente de 10 pesos por habitante por día; lo que da como resultado un consumo global de unos 4.000 millones de pesos anuales.
Fuente: El Diario - Paola Ponroy
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