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Entre Ríos Actualidad

Almacén y Bar "El Picaflor"

Muchos de los que transitan cotidianamente por la Ruta 130, en el denominado Empalme Niel, quizás no hayan percibido su existencia, pero el almacén y bar El Picaflor resiste estoicamente el paso del tiempo dando testimonio de una época en el campo.
23/01/2007 00:00 hs

La escritora local Manuela Chiesa en el capítulo Identidad de su libro "Cuentitos", escribe: "Cuando a través de sucesivas mudanzas y en el espacio, un pueblo ha sabido salvar su fisonomía primigenia, decimos que ha preservado su identidad. Nuestra realidad actual no es más que una síntesis de las inquietudes y esperanzas de seres que nos precedieron y si hoy revalorizamos su tarea no estamos haciendo otra cosa que ensanchar los horizontes de nuestra propia generación".

Muchos de los que transitan cotidianamente por la Ruta 130, en el denominado Empalme Niel, quizás no hayan percibido su existencia, pero el almacén y bar El Picaflor resiste estoicamente el paso del tiempo dando testimonio de una época que fue mejor para la zona rural.

La empresa comercial nació casi en simultáneo con la unión matrimonial de Oscar Giacopuzzi y María Jesús en 1957. El 30 de agosto de ese mismo año, en horas de la tarde, el gerente y subgerente de Goldaracena, prestigiosa firma que operaba en la zona, bautizaron al nuevo emprendimiento con el nombre "El Picaflor". La inauguración estaba prevista para el último día de agosto porque los 30 siempre iban a la procesión en honor a la Patrona de Villaguay, Santa Rosa de Lima.

Según recuerda Oscar Giacopuzzi "estaba todo preparado para abrir el 31 de agosto. Cuando el 30 me levanto de dormir la siesta y miro para afuera había como 10 caballos atados, carros y sulkys esperando que abriéramos. La gente se había enterado porque en ese tiempo tenía una carnicería aquí al lado y les comentaba que estábamos por abrir un almacén. No nos quedó otra que abrir ese día".

Como lo hacían muchos almaceneros en aquellos años, Giacopuzzi se surtió de mercadería en el almacén de ramos generales "La Estrellita" que funcionaba en calle San Martín y cuyo dueño era Don Alfredo Sauan. Gracias a la movilidad que le brindaba el carricoche de su padre trajo el pedido, y en los estantes, mostradores de madera, mesas, bancos y otros enseres que habían quedado del antiguo almacén de Pedro Schumacher, se dispuso todo para la apertura.

Otros proveedores fueron La Quilmes, hoy W. O. Van Derdonckt, que le suministraba todo tipo de bebidas y Bernardo Canievsky a quien le compraban papa, cebolla y ajo. Los cigarrillos los adquirían en lo de Leandro Sánchez que estaba en Brown casi Alem y los demás productos a mayoristas de aquel entonces como Julio Charchir y Casa Marchisio.

Oscar Giacopuzzi relata que "en los comienzos como los caminos eran de tierra, la gente venía a surtirse a caballo, en carro o en sulky. En la zona había mucha gente que trabajaba en el ferrocarril. En la estación había jefes, auxiliares y cambistas, y por temporadas venían cuadrillas de empleados y el lugar se llenaba".

Además de estos visitantes ocasionales estaban los vecinos de Colonia La Esmeralda, donde muchas familias como los Huck, Schultheis, Bauer, Crosa, Basualdo, San Sebastián, Rebosio, Chiesa, Alzogaray, Ventavoli y Schumacher eran asiduos concurrentes y clientes del almacén.

También había importantes establecimientos agropecuarios como "La Querencia" de Galicchio, "El desvío" y "El Trébol" de Zenón, "El Rincón" de Oguen, "La Madrugada" de Gabirondo, "La Esmeralda" de Schierloh y "San Ramón" de Nogueira. La zona era próspera por la producción y pujanza de estas antiguas estancias.

Actualmente, El Picaflor tiene 49 años de vida comercial y gran parte de su historia está ligada a la del ferrocarril y a los que transitaron por él. En tiempos de vacas gordas los Giacopuzzi cerraban cuando estaba saliendo el sol. Había gente en el medio rural que ganaba buen dinero por su trabajo y no sabía en qué gastar. No había radio, menos televisión, entonces los colonos, peones de estancias y hacheros tenían en "El Picaflor" un lugar de tertulia, donde se quedaban jugando a las cartas, tomando unas copas, conversando y haciendo cuentos de "luces malas" y aparecidos.

Oscar Giacopuzzi repasa una anécdota de aquel tiempo "Una vez en el ferrocarril trajeron 100 obreros de Corrientes para desmontar las alturas con palo y pico y echar en los cuesta abajo para que el tren no tuviera problemas para avanzar. Nosotros le vendíamos y les dábamos libreta a todos, ellos cobraban cada 15 días y nos pagaban. Cada 2 o 3 meses los casados se iban a llevar plata a sus familias. Pero mientras tanto no podían tener plata en el bolsillo entonces venían y se tomaban unas copas acá. Después llegó el paro del ferrocarril y se fueron todos. Teníamos 45 libretas en ese momento. Algunos volvieron a pagar lo que debían y a otros no los vimos más".

No olvidemos que el cierre de la línea del ferrocarril marcó un antes y un después en la vida de muchos pueblos entrerrianos. Propició, como en este caso, una disminución en las ventas, pero también modificó el desarrollo socioeconómico de la zona. Donde gran parte de la gente que vivía en el campo decidió emigrar a las ciudades en busca de las oportunidades que su medio natural ya no les proporcionaba.

Fuente: La Hora del Campo

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