Siempre me van a quedar las ganas de tomar otro café con Federico Boglione. Es que las frecuentes charlas periodísticas que tuve con él en su oficina de la esquina de Italia y San Lorenzo invitaban a extender al máximo posible la hora de partida. Eran esas conversaciones de las que uno salía con la cabeza funcionando a mil, y por eso daban ganas de volver pronto.
Me alegraba cuando Patricia, su secretaria, me avisaba que la reunión iba a ser por la tarde, porque significaba que él podía dedicarle algo más de tiempo a la charla, ya que cuando eran por la mañana estaba claro que todo tenía que ser más expeditivo porque tenía muchas cosas que atender.
Lo interesante de las charlas con Boglione era que tenía una visión más amplia que el resto de las cosas que pasaban. Y por esa forma de leer la realidad se podía anticipar a las tendencias. "Un paso adelante, sin caer en off side", fue el título de la nota sobre él que publicamos en punto biz en mayo pasado, cuando por motivo del primer lustro de esta revista decidimos entrevistar a quienes considerábamos era uno de los 5 protagonistas de la historia económica reciente de la región.
Estar un paso adelante le sirvió para que, a finales de los 80, decida retirarse del negocio aceitero tradicional (vendió Santa Clara a Molinos) antes que los grandes traders mundiales que estaban llegando hicieran a un lado a buena parte del capital nacional. Venían tiempos de desregulación que le darían al campo el marco que necesitaba para despertarse y dar el gran salto, y ahí estuvo con campos, tambos y acopios en Santa Fe y Córdoba.
Y nunca pudo dejar por mucho tiempo su primer amor: la industria. Así, fundó Santa Sylvina, una fábrica de balanceados que empezó para hacer alimentos de calidad para su propio ganado y terminó siendo una de las estrellas del grupo.
Fue esa capacidad para estar un paso adelante lo llevó en plena debacle de 2002, cuando todos los empresarios hablaban de ajuste, a comprar la planta láctea abandonada por la multinacional Nestlé en Nogoya. La reactivó con una fuerte inversión, la convirtió en una moderna usina exportadora y le dio vida a la localidad entrerriana.
Y cuando las trabas del gobierno nacional empezaron ahogar las exportaciones, logró cambiar el eje de su negocio y hoy su marca Purísima es líder en las góndolas del mercado interno.
Esa visión que inspiraba
De esa visión estratégica que tenía estábamos hablando anoche en la redacción de punto biz cuando analizábamos cómo tratar periodísticamente la nota de su fallecimiento. Sabíamos que por su importancia hoy iba a ser la nota del día y ocuparía un lugar preferencial, pero ¿cómo encarar una noticia tan delicada en una revista de negocios?
Fue ahí cuando me contaron una anécdota que desconocía. "Una charla con Boglione en septiembre de 2001 fue la que me convenció de armar punto biz", me confesó Gabriel González, director y socio fundador de esta revista de negocios.
"Fue en una larga entrevista. Todo se venía para abajo, pero los economistas y los empresarios en general defendían y se aferraban a la convertibilidad. Pero el veía algo distinto: el modelo se caía, la devaluación era inevitable, y con el nuevo tipo de cambio la agroindustria se levantaría y la región ocuparía un lugar destacado. Entonces, comprendí que se necesitaba un nuevo medio periodístico para ser testigo y contar de cerca esa reconstrucción", me dijo.
Más cerca y menos ambicioso, a finales del año pasado, su visión también inspiró un proyecto de capacitación que encaramos con un grupo de jóvenes profesionales de la comunicación.
Cuando todo el mercado de granos festejaba el precio récord de la soja y nadie ni se imaginaba el conflicto que se venía, nos alentó a encarar una incipiente idea que teníamos: capacitar a los estudiantes de periodismo en agroindustria. "Se vienen tiempos difíciles y los periodistas tienen que entender de lo que se está hablando para que no les vendan cualquier cosa", decía antes de que Cristina se quejara del "yuyo".
Este viernes comienza el "Primer Curso de Formación en Agroindustria para Estudiantes Avanzados de Periodismo" con 30 alumnos inscriptos, el apoyo de la Bolsa, la UNR, el Ministerio de la Producción, Aapresid, La Sibila, La Segunda, Paladini y Mattievich. Algo de Boglione hay en él.
Su gente
En su oficina, austera a más no poder, se respiraba campo. Estuvo siempre convencido que la agroindustria es el motor que va a sacar adelante el país. Fotos familiares en portarretratos o debajo del vidrio de su escritorio se alternaban con imágenes de inauguraciones de sus industrias y recorridas por sus campos.
Sobre el escritorio tenía un viejo cartelito que escuetamente decía "el jefe". Su silla lejos estaba de ser esas grandes poltronas que uno puede imaginarse. Era una oficina de trabajo.
Siempre me llamó la atención una especie de pesebre que había en una mesita formado por árboles, caballos y una tranquera, casi como simulando un campo al estilo playmovil. "Será que en el campo me siento feliz", me dijo cuando una vez le pregunté la razón de ese adorno.
Otra cosa que note fue que en la oficina cuando hablaba con su hijo, Federico (h) o profesionales de su más extrema confianza (como Jorge Estévez, Fabián Clerici o Daniel Poblete) siempre era sobre negocios y en un tono expeditivo.
Todo lo contrario al clima de símil estudiantina secundaria que viví cuando participé de sus tradicionales cenas en un restaurante de Palermo donde solía juntarse con los suyos para festejar o sufrir los resultados de su ganado que concursaba en la Exposición Rural.
"En la empresa no tengo amigos, tengo un equipo de trabajo. Un gran equipo. Me divierto trabajando, pero es afuera donde a Federico lo trato como mi hijo y con mis amigos nos tratamos como amigos", me dijo una vez cuando le hice una nota sobre empresas familiares. "Se extraña a los amigos cuando no están. (Daniel) Favarel era mi amigo antes que mi mano derecha", me dijo en 2005 recordando al "contador" que lo acompañó hasta su muerte en el mundo de los negocios y en la dirigencia empresaria.
Como un patrón del medio campo, le gustaba jugar de 5 en el mundo de los negocios. "Yo creo que si triunfé en la vida, fue por la gente que me rodeó. Todo es gracias a ellos, tanto cuando estuve en la Bolsa, como en la empresa, y en mi familia. Si tenes gente buena vas a ir al frente. La empresa es como un barco, si uno rema menos se va para cualquier lado. Hay que tener a la gente motivada, que se sienta parte. Te tienen que asesorar bien y mostrar todas las variables para que uno decida si hay que tirarse o no a la pileta. Y una vez que está tomada la decisión, hay que descentralizar. En la empresa cada uno tiene que saber qué tiene que hacer", dijo en la entrevista de mayo pasado.
Hoy su grupo empresario no tiene sólo un management profesionalizado, sino que Federico (h) viene haciendo todo el recorrido necesario para poder tomar la posta y dejar en un listón bien alto su apellido.
Dos biromes y un mail
Lo del trabajo en equipo lo viví en carne propia. Antes de escribir en Punto Biz trabajé para la Bolsa cuando Boglione fue presidente. Cada vez que me llamaba al escritorio de la presidencia llevaba dos biromes porque sabía que la lista de tareas iba a ser larga. Y lo era. Salía con tantas cosas pendientes de hacer que me dolía la cabeza. Y lo peor era que sabía que al otro día iba a pasar lo mismo.
Pero me alegro de haber sido parte de aquel equipo de empleados que lo acompañó a partir de diciembre de 2001 y lo ayudó a poner la entidad en lo más alto del mapa institucional cerealero.
Fue un trabajador incansable. Una vez, mientras se estaba haciendo atender en los Estados Unidos, recibí un mail de él. Hay que admitirlo, tenía tantos errores de ortografía que dañaban la vista, pero me llenaba de órdenes bien precisas. No le di bolilla pensando que era una broma de alguien.
Pero cuando volvió, varias semanas después, todavía se acordaba de lo que me había escrito y me recriminó no haberle respondido. Al parecer, había tenido acceso a una compu y desde la cama repartía bromas y trabajo para todos lados porque su cabeza no dejaba de maquinar.
No me animé a decirle que pensé que el mail era una broma y, para zafar, recurrí al clásico: "A mí no me llegó ningún mail". Obviamente, no me creyó. Y aunque pasaron los años, cuando me llamaba porque tenía algo que contarme todavía me decía: "Te hice llamar porque a vos no te llegan los mails".
En la Bolsa también experimente en primera persona que cuando hablaba de delegar lo decía en serio. Cuando le dije que me iba para trabajar en Punto Biz, no le gustó. Pero días después vino y me dijo unas palabras que me quedaron grabadas en la memoria: "Hay consultoras, directivos y periodistas con conocidos influyentes acá dentro que quieren el cargo de prensa. Me recomiendan que haga una selección de talentos, pero como me gusta como trabajas voy a elegir a quien vos me recomiendes". Así lo hizo.
La Palabra
Para un periodista acostumbrado a buscar que las palabras se conviertan en un buen título de una nota, el valor que Boglione le daba a la palabra me llamó siempre la atención.
Cuando se comprometía a estar en algún lugar o a acercar alguna información, siempre lo hacía. Y eso genera confianza y emana respeto. "Me enorgullece que mi papá siempre cierre los negocios de palabras", dijo una vez Federico (h) cuando en 2004 hicimos en punto biz una nota sobre hijos de empresarios importantes que trabajan con sus padres.
Nunca me pareció un gran orador y tampoco podía florear sus discursos, pero era bien franco y directo con sus palabras. La claridad de su pensamiento lo expresaba con la simplicidad y contundencia de sus palabras. Y no buscaba ocultar su dureza cuando te tenía que decir algo duro.
"Vos publicas esto y en la Bolsa te van a matar. Yo no te pienso defender. Hasta me voy a poner primero en el pelotón de fusilamiento porque lo único que querés hacer es armar lío", recuerdo patente como si fuera hoy que me dijo a finales de 2006 cuando lo consulte sobre una información delicada sobre sanciones a corredores por comercio en negro que yo tenía chequeada y quería publicar.
No le hice caso. En la Bolsa se enojaron de lo lindo y él fue uno de los que más se encargó de mostrar en privado y en público su profundo descontento por el artículo. Pero igual viví la importancia de estar profesionalmente cerca de alguien que es claro con la palabra, y más cuando es honesta y no busca complacer sino recomendar bien.
Tuve un trato profesional muy frecuente con él en sus últimos 7 años. Ni cerca estuve de ser amigo, pero llegué a apreciarlo mucho. Nunca me anime a decirle "Fredy", como escuché que le decían sus íntimos. Y pese a que me habilitó a llamarlo al celu a cualquier hora, para mi nunca dejó de ser "el señor Boglione" en privado y en público.
Sobraron palabras
"Para los grandes sobran las palabras. Y al mismo tiempo no alcanzan", me dijo anoche mi novia cuando la llamé para contarle de la muerte de Boglione. Así, Valeria, como operadora del mercado de granos que es, me dejó picando la última parte del perfil que quise retratar.
En el ambiente cerealista, Boglione fue un ejemplo y un referente para los más jóvenes. Lo respetaban y lo admiraban y supo ganar fidelidades y cariño en el ambiente de los negocios. Y no por su éxito económico sino por todo aquello que la billetera, el apellido y los cargos no pueden comprar.
Fuente: Mariano Galíndez - Punto Biz