La furia volvió a Gualeguaychú. Se había atenuado por unas horas, cuando los campesinos de aquí decidieron, por primera vez en días, levantar el piquete de la ruta 14 como gesto de conciliación con el Gobierno. Pero, por la noche, sin respuestas convincentes de la reunión que se extendía en la Casa Rosada, hablaron con los dirigentes de Buenos Aires y otra vez se volcaron eufóricos al asfalto, con rastras y cubiertas.
Entonces, la queja recrudeció: interrumpieron el tránsito para todos los camiones, no sólo para aquellos con carga agropecuaria, como había ocurrido hasta anoche. Se notaba bronca en las voces y en las caras. Después de recibir noticias de la reunión con el Gobierno, Alfredo De Angeli, presidente de la Federación Agraria de Entre Ríos y el conductor de la protesta por aquí, puso en estado de alerta a los agricultores desde una camioneta. "Basta, nos cansamos -dijo-. Estamos esperando hace cuatro horas. Yo les había pedido que pusieran las cartas sobre la mesa. ¡Pero resulta que ni cartas tenían! Vamos al corte, ¿están de acuerdo?"
De Angeli tiene hasta el séptimo grado de estudios primarios y una retórica no demasiado fluida, pero también un incuestionable carisma para unir voluntades. Por eso no sorprendió, en la estrellada noche entrerriana, que todos contestaran casi con un alarido de guerra: "¡Síiiiii!" Y se quedaron.
Un camionero, acaso el más infortunado de toda la región mesopotámica por esas horas, se reía anoche de su propia desgracia. Había quedado atrapado en el piquete, a las 22, apenas por un metro, tal vez por no haber acelerado antes en una ruta plagada de peatones, chicos y mujeres incluidas, que se cruzaban constantemente.
La lógica de los cortes ha venido a fundar aquí un paradigma por lo menos curioso para los amantes de la institucionalidad. "¿Qué hacemos?", les preguntaban dócilmente, por la tarde, los gendarmes a los chacareros. "Esperemos un poco, todavía no cortemos", ordenaban los conductores de la protesta.
Ardid
Anteayer, el camionero Enrique Acosta, que había soportado cinco días parado al borde de la ruta, recibió un aluvión de reproches tras intentar pasar por transportista de maderas, escondiendo los paquetes de yerba en la parte delantera del acoplado. Sólo se frenaba, hasta anoche, a quienes llevaran productos agropecuarios. "Aah , ¡qué bonito, qué correcto!, ¿eh? El señor es mentiroso", lo regañaban con ironía los ruralistas, cuando descubrieron el ardid. Aclaración importante: Acosta cargaba yerba con los papeles al día, no armas o ladrillos de marihuana. Pero más vale no violentar la voluntad chacarera en la Gualeguaychú actual.
Había sido el día más tranquilo desde el domingo. Muchos, ya cansados, no querían otra cosa que irse a sus casas, por lo que esperaban un desenlace rápido y auspicioso del encuentro con el Gobierno. Otros estaban recelosos. Elvio Calgaro, productor de naranjas, se acercó inquieto a LA NACION. "¿A usted le parece que la Presidenta cumplirá su palabra? Sí, ¿verdad?". El cronista no quiso arriesgar un pronóstico.
El que pareció tenerlo perfectamente claro, una vez conocido el cuarto intermedio al que se había llegado en la Casa Rosada, fue su colega Héctor Toller. "¡Nos están manoseando; cortémosles a todos, autos también!", decía subido a la caja de una pick up. "¡Pará, Negro, no todos piensan igual, seamos democráticos y votemos en asamblea!", le respondieron.
La asamblea decidió permitirles el paso a los automóviles. Por lo menos, hasta tener alguna novedad, buena o mala, desde Buenos Aires. Aquí se tiene ahora una certeza que no gusta demasiado: las verdaderas decisiones, como había ocurrido siempre hasta el piquete agropecuario, han vuelto a tomarse a más de 200 kilómetros de distancia.
Fuente: La Nación